Mental Illnesses Treatment Support & Programs NAMI Advocacy Find Your Local NAMI NAMIWalks
Search
 | Print this page | 
 | 

  Image

Nunca te rindas

por Susan, miembro de NAMI

¡Avanzamos! edición 18, marzo 2013 

En 2009, me enteré que mi hijo de 19 años de edad, Sam, había robado un restaurante de comida rápida cuando su cara apareció en la pantalla de mi televisor en un boletín informativo de Crime Stoppers. Entregarlo fue una experiencia devastadora; aunque me daba cuenta de que no existía otra alternativa razonable o viable, esto no aliviaba la culpa, el temor o la desesperación que sentía. Este era un nuevo bajón en nuestras vidas durante un periodo de cinco años que había estado caracterizado por marcadas preocupaciones académicas, problemas de absentismo escolar, abuso de drogas y bebidas alcohólicas y otros comportamientos alarmantes.

Su padre y yo no sospechábamos nada y estábamos desprevenidos cuando Sam fue suspendido de la escuela secundaria por llevar alcohol y quedamos estupefactos cuando la prueba de orina obligatoria reveló el uso de marihuana. Respondimos con un tratamiento de dependencia química ambulatorio. En menos de seis meses se fugó de la casa y el mes que estuvo fuera fue agonizante. A esto le siguió un tratamiento de dependencia de sustancias químicas con hospitalización y un diagnóstico de trastorno de déficit de atención seguido por medicamentos. Lo inscribimos en un programa de orientación con un mentor. Regresó al colegio pero tuvo una recaída seguida de otras opciones de tratamiento. Logró graduarse de la secundaria pero a esto le siguió una sobredosis, una llamada al 911 y otra visita a la sala de emergencias con cinco dientes rotos.

Mi hijo pasó cuatro meses en la cárcel antes de ser transferido a una prisión permanente. Me sentí destrozada cuando Sam fue arrestado y temía por su seguridad cuando fue a la prisión. Durante su encarcelamiento, tuve la oportunidad de asistir al Consejo Asesor de La Familia del Departamento de Correccionales del Estado de Washington. Mis ideas acerca de la prisión provenían de películas como Shawshank Redemption y The Green Mile, por lo que estaba muy nerviosa, pero a todos los presentes nos hicieron sentir bienvenidos y nos brindaron información real y útil. Me ofrecí para actuar como miembro suplente para asistir a las reuniones del Consejo Estatal de la Familia en Tumwater, Washington. Inicialmente, participé sólo con el objetivo de ayudar a mi hijo, pero con el tiempo he visto un panorama más amplio y realmente me importan otros reclusos y sus familiares. Este trabajo es tan importante para mí que me mantengo involucrada a pesar de que mi hijo ha cumplido su sentencia y ya no está bajo la jurisdicción o supervisión del Departamento de Correccionales.

Poco después de haber sido puesto en libertad, a principios de 2011, las pruebas de orina de Sam salieron “sucias” nuevamente. Yo no quería poner en peligro la libertad de Sam o mi relación con él, pero él estaba comportándose cada vez más de forma riesgosa. Aunque me fue difícil, decidí que proteger su seguridad era más importante, por lo que comencé a reportar su uso de drogas al oficial de libertad condicional que le fue asignado. Finalmente, Sam fue encarcelado nuevamente y completó otro tratamiento de dependencia de sustancias químicas en el hospital—su primero como un adulto.

Sam se convirtió en padre por primera vez el año siguiente. Una semana después del nacimiento de su hijo, era evidente que el patrón de pensamientos de Sam se había vuelto extremadamente delirante y su comportamiento era extraño y errático. Los agentes de la policía respondieron a una llamada al 911 y los paramédicos lo llevaron a un hospital para obtener una evaluación donde las pruebas no revelaron drogas en su organismo que pudieran explicar lo que le estaba sucediendo. Un profesional de salud mental designado recomendó hospitalización de cuidado psiquiátrico, pero no habían camas disponibles en los cuatro condados y se le dio de alta. Dos noches más tarde, lo encontramos en un estado maníaco en el mismo hospital con un médico de la sala de urgencias dándole un diagnóstico extraoficial de trastorno bipolar. Sam no estaba dispuesto a quedarse y nos dijeron que no podían retenerlo, pero era evidente que se encontraba mal y en peligro.

Sin saber qué más hacer, llamé al Departamento de Correccionales. Los elogio por haber venido a ayudar a Sam, aunque probablemente no parecía nada por el estilo cuando fue detenido y llevado al “Centro de Admisión” de la prisión donde recibió una evaluación de salud mental antes de ser trasladado a otra prisión donde tenían más atención especializada disponible. Dos semanas más tarde, fue puesto en libertad con un mes de suministro de tres medicamentos para tratamientos psicóticos y desde entonces él ha utilizado el término bipolar para describir su problema. Me siento aliviada y tengo la esperanza de que tenga una enfermedad que puede ser tratada. Sin embargo, me preocupa que, a pesar de que los medicamentos parecen lograr controlar eficientemente la manía, luce emocionalmente “monótono”, tal vez incluso un poco triste aunque dice sentirse “bien”.
El rostro de su hijo se ilumina cada vez que lo ve y Sam parece cada vez más cómodo en su papel de padre. Sam sigue batallado con los demonios de la adicción, pero él me dice que sabe que debe ser tratado para poder continuar siendo una fuerza positiva en la vida de su hijo.

Yo estaba tan abrumada con estas experiencias y mis emociones que perdí mi capacidad de preocuparme por lo que otras personas podrían estar pensando acerca de él, de mí o mi familia; esto hizo mucho más fácil la decisión de ser abierta acerca de lo que nos estaba sucediendo. El ser más franca me puso en mejor posición de recibir información útil acerca de los recursos para tratamientos o servicios de apoyo, y para acoger mensajes de aliento y esperanza. Esto también me ha permitido ser un recurso y fuente de apoyo para otros que están pasando por dificultades similares. Esta experiencia ha sido un regalo valioso y que no tiene precio.

Mi fe me apoyo y guio durante todo este camino; mi esperanza en Jesús me ha consolado. Estoy agradecida de que mi hijo esté dispuesto a seguir intentándolo y no puedo imaginar que algún día renuncie a él. Alguien me dijo una vez que el tratamiento que ha recibido hasta el momento “no había funcionado” y me dio a entender que era una pérdida de tiempo, dinero y de otros recursos. Yo no lo veo así en lo absoluto. No creo que mi hijo estaría vivo hoy si no fuera por los tratamientos que recibió. Tenemos que hacer lo mejor que podamos con lo que tenemos y con lo que sabemos en ese momento.

Never Give Up

by Susan, NAMI member

¡Avanzamos! Issue 18, March 2013 

In 2009, I learned that my 19-year old son Sam had robbed a fast-food restaurant when his face flashed across my TV screen in a Crime Stoppers news bulletin. Turning him in was a devastating experience. While I realized that there was not a reasonable or viable alternative, it did not ease the guilt, fear or despair that I felt. It was a new low in a five-year period of our lives that had been marked with significant academic concerns, truancy issues, drug and alcohol abuse and other alarming behaviors.

His father and I were unsuspecting and unprepared when Sam was suspended from high school for bringing alcohol and shocked when his mandatory urine analysis revealed marijuana use. We responded with outpatient chemical dependency treatment. Less than six months later he ran away from home. The month that he was gone was agonizing. Inpatient chemical dependency treatment and a diagnosis of attention deficit disorder and medication followed. We enrolled him in a mentoring program. He returned to school but relapsed and more treatment options followed. He made it to high school graduation but soon followed with an overdose, a 911 call and an emergency room visit with five broken teeth.

My son spent four months in jail before transferring to a longer-term prison. I felt crushed when Sam was arrested and I was terrified for his safety when he went to jail. During his incarceration, I had the opportunity to attend a Washington State Department of Corrections’ Family Advisory Council. My perceptions of prison were gleaned from Shawshank Redemption and The Green Mile, so I was very nervous, but all in attendance were made to feel welcome and I came away with some real and helpful information. I also volunteered to act as a backup council member to attend the Statewide Family Advisory Council meetings in Tumwater, Wash. Initially, I was involved only with the aim of helping my son but over time I have come to see the bigger picture and to genuinely care for other inmates and families. This work is so important to me that I remain involved even though my son has completed his sentence and is no longer under DOC supervision or their jurisdiction.

Soon after his release in early 2011, his urine tests were “dirty” again. I did not want to jeopardize Sam’s freedom or my relationship with him, but he was taking more and more risks. As difficult as it was, I decided that protecting his safety was more important, so I began reporting his use to his probation officer. Ultimately, Sam was jailed again and completed another inpatient chemical dependency treatment—his first as an adult.

Sam became a first-time father the next year. Within a week after his son’s birth it was evident that Sam’s thought patterns had become extremely delusional and his behaviors were bizarre and erratic. Police officers responded to a 911 call and medics took him to a hospital for evaluation where testing revealed no drugs in his system that would explain what was happening. A designated mental health professional recommended inpatient psychiatric care but no inpatient beds were available in the four-county area and he was released. Two nights later we found him in a manic state in the same hospital with the ER physician giving a diagnosis of bipolar disorder. Sam was unwilling to stay and we were told he was not detainable, but he was obviously unwell and unsafe.

Not knowing what else to do, I called the Department of Corrections. I commend them for coming to Sam’s aid, though it probably didn’t look anything like that when he was arrested and taken to the prison’s “Reception Center” where he received a mental health evaluation before being transferred to another prison where more specialized care was available. Two weeks later, he was released with a month supply of three psychoactive medications—he has used the term bipolar to describe his condition. I am relieved and hopeful that he has a condition that can be treated. However, I am concerned that although the medications seem to effectively manage the mania, he seems emotionally “flat,” perhaps even kind of sad though he says he feels “okay.”

Sam’s son’s face lights up whenever he sees him and Sam seems comfortable in his parental role. Sam continues to battle with the demons of addiction but he tells me that he knows he must get treatment so he can continue to be a positive force in his son’s life.

I was so overwhelmed with these experiences and my emotions that I lost my capacity to be concerned with what other people might be thinking about him, me or my family. It made it a lot easier to decide to be open about what was happening to us. Being more transparent put me in a better position to receive helpful information such as treatment resources or support services and to receive encouragement and hope. It has also allowed me to be a resource and encouragement to others who are experiencing similar difficulties that has been a beautiful and priceless gift.

My faith has sustained and guided me through this journey. My hope in Jesus has greatly comforted me. I am grateful that my son is willing to continue to try and I cannot imagine ever giving up on him. Someone once said to me that the treatment he has received so far “did not work” and implied that it was a waste of time, money and other resources. I do not see it that way at all. I don’t think my son would still be alive today if it were not for the treatments. We have to do the best we can with what we have and what we know at any given time.

Avanzamos edicion 18

 

View more of ¡Avanzamos! Issue 18, focusing on mental health in the criminal justice arena at www.nami.org/avanzamos. Other articles in this issue feature similar expertise from the front lines—“Ask a Cop,” offers tips from crisis intervention trained officer and a NAMI advocate; “Treatment, Not Jail,” expert NAMI staff commentary on options and available programs; a Q&A with a public defender from an innovated jail diversion program and “Change in Perspective” a front line responder gains new expertise with own mental health condition.


 | Print this page | 
 | 

Donate

Support NAMI to help millions of Americans who face mental illness every day.

Donate today

Speak Out

Inspire others with your message of hope. Show others they are not alone.

Share your story

Get Involved

Become an advocate. Register on NAMI.org to keep up with NAMI news and events.

Join NAMI Today
  • Follow NAMI
  • Contact Us
    • NAMI
    • 3803 N. Fairfax Dr., Suite 100
    • Arlington, Va 22203
    • Main: (703) 524-7600
    • Fax: (703) 524-9094
    • Member Services: (888) 999-6264
    • Helpline: (800) 950-6264