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20062

Entre Amigos

Nuestra experiencia con el Trastorno por déficit de atención e hiperactividad

Por Sara Espinosa, maestra del programa “De Familia a Familia”, NAMI New Jersey

Otoño 2006

¿Cuántas veces le han dicho en la escuela  que su hijo se distrae fácilmente, no presta atención, siempre se está moviendo, juega con sus dedos o con los objetos que tiene cerca, pierde y olvida sus cosas constantemente, es agresivo e interrumpe frecuentemente? ¿Le suena familiar?

Esto era lo que escuchaba cuando mi niña ingresó por primera vez al centro de cuidado infantil.   En ese tiempo, no sabía lo que estaba pasando y tan poco nadie me dijo lo que podíamos hacer.   Así que, cuando Jessica, mi hija, pasó al primer grado, las quejas seguían siendo las mismas, pero el comportamiento de Jessica había cambiado porque se sentía más angustiada.   Me decía que “por más que trataba no podía hacer bien las cosas,” no tenía amigos y le tomaba mucho tiempo terminar sus tareas. 

Fue así que, por consejo de una amiga, acudí a la maestra de Jessica para pedirle una evaluación psicológica que nos ayudara a determinar un diagnóstico y, posiblemente, a encontrar un tratamiento.   Los exámenes incluyeron los antecedentes familiares, una evaluación de su desarrollo y de su desempeño escolar, social y familiar.  Finalmente, el equipo médico determinó que ella tenía un «trastorno de atención con hiperactividad, y que, aunque no se sabían las causas, las investigaciones indicaban la presencia de un desequilibrio químico que afectaba a los neurotransmisores en el cerebro.   El tratamiento incluía medicación y terapia de comportamiento.

Debo confesar que pasaron varios meses antes de que decidiéramos darle la famosa pastilla.  Primero, porque conocía los efectos secundarios y, luego, porque yo insistía en que era una droga.   Lo que me decidió a dársela, fue el día que llegó llorando de la escuela y me dijo que nunca iba a sacar buenas notas a pesar de todo el esfuerzo que hacía.   El resultado ha sido sorprendente, pues ahora sé que la medicina ayuda a tratar los síntomas del THDA y así ella puede desenvolverse mucho mejor; el cambio en la escuela fue de notas muy bajas a calificaciones de A y B.           

También aprendí que es importante compartir la información sobre la enfermedad de Jessica.   Anteriormente, las personas que la rodeaban no entendían por qué su comportamiento era diferente al de los otros niños.  Ahora, sus maestros, los miembros de la familia y sus compañeros la entienden mejor.   Otro punto vital para mí fue ingresar a un grupo de apoyo de NAMI, ahí pude compartir mi dolor y la frustración que durante años me acompañó por no saber lo que le pasaba a mi hija.

Hoy en día, Jessica está en un grupo de apoyo y nos ha demostrado que podemos trabajar mejor para su recuperación.   Como padres, debemos saber que aunque nuestros niños no lo dicen, ellos están conscientes de lo que les pasa y necesitan de nuestra ayuda incondicional para mejorar.


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